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A pesar de inocultables demostraciones científicas, todavía
cuando se habla del sida no faltan quienes reiteran la inicial
asociación de esa pandemia con la homosexualidad como causa unívoca.
Sabemos que entre las causas del sida está la transmisión sexual, pero
también otras, entremezcladas, y que ese mal avanza por vías de las que
por igual no escapan homosexuales o heterosexuales. Y sucede que la
comunidad gay es una de las que con mayor disciplina aprendió lecciones
de prevención, quizás porque con menos inhibición que otros sectores
poblacionales trata cuestiones que resultan embarazosas. El hecho es que
la humanidad se confronta con la devastadora expansión de ese mal y para
enfrentarlo, las cabezas pensantes buscan vías para atajar la pandemia,
independientemente de sus filiaciones políticas o religiosas, y de la
prevalencia en la conducción de la sociedad o la urgencia de contestar
las formas de poder vigentes. En la consecución de ese objetivo deben
hallar un terreno de consenso y revisar sus criterios sobre asuntos que
se alejan de circunstancias sanitarias y preventivas.
Llegados a ese punto sí tienen vinculación el sida y la homosexualidad,
pues las bifurcaciones de ambos temas se relacionan con la moral —o lo
que se tiene por moral— y la política —o lo que se comprende como
política—, y con prejuicios y desprecios que marcan un tránsito de
siglos. Para los movimientos sociales la homosexualidad revive viejas
confrontaciones y la valoración que se tuvo o se tiene de una parte de
la humanidad que ha ido ganándose su lugar y cuya relevancia no acepta
retroceso. En la actualidad el asunto se entrelaza con la búsqueda de
una gobernabilidad que implique a más de los que tradicionalmente la han
decidido, y ya no queda, como antes, en un desentendimiento que
solamente sirve para evidenciar flagrantes inadvertencias e ignorancias.
Un ejemplo: En estos días, y a propósito de una ley que autoriza el
matrimonio homosexual, España vive un verdadero pugilato político. La
semana pasada, la jerarquía católica de ese país llamó a una
multitudinaria manifestación (fechada para el próximo 18 de junio)
contra una ley que respalda el 74% de los españoles, según una encuesta
que consideró la opinión de un 82% de católicos. En lo interno del
catolicismo, este diferendo implica una quiebra en una religiosidad que
por demasiado tiempo se extrapoló al terreno político y fue el trasfondo
ideológico predominante. En lo externo, es el corolario de un debate
entre el actual gobierno español y el ejercicio religioso mayoritario
entre quienes lo votaron en las urnas. Después de avances y retrocesos,
la Iglesia católica se confronta con ese gobierno que, aunque con
peculiaridades y diferencias que permiten cuestionar su concepto de
socialismo, se declara socialista. Y tenía que ocurrir en la España que
vivió el nacional-catolicismo, con dictaduras de poderosa impronta
clerical, al punto de llevar la religión a ideología de Estado. Esas
dictaduras fueron radicalmente homofóbicas: en la homofobia educaron a
muchas generaciones. Se sabe que la ley de legalización de matrimonios
entre parejas del mismo sexo, y su polémico derecho a la adopción, se
une a la consideración del aborto, del divorcio, de la experimentación
con células embrionarias y de una ley orgánica de educación que, de
establecerse, apuntaría hacia una convivencia moderna y laica largamente
ansiada por el mejor pensamiento español.
Como un episodio de ese entrevero, el pasado 28 de abril el periódico
que abiertamente sostiene la línea gubernamental, El País, editorializó
sobre diferencias de criterios entre los alcaldes del opositor Partido
Popular, que se han sumado al consenso para las celebraciones de
matrimonios gay, y consideró que al aceptar lo que antes negaron,
ofrecían “una muestra de cordura y de sentido democrático”. Pero en
nombre de la libertad de expresión, en los últimos días de mayo ese
mismo periódico publicó un anuncio pagado, demagógicamente remitido a
“Padres y madres de España”, que hacía un llamamiento urgente contra el
matrimonio entre personas del mismo sexo. Entre bestialidades nada
aromáticas, allí se proclamaba que “el sida ‘es una enfermedad de los
homosexuales’ y que son estos quienes la propagan”, lo que implicó una
flagrante difamación hacia todo un colectivo de personas, además de
contribuir a perpetuar un estigma discriminatorio ya vencido por la
ciencia. De haber ocurrido en otro tiempo, esa afirmación hubiera pasado
inadvertida, pero provocó una protesta unánime de los colectivos de gays
y lesbianas, a quienes de inmediato se unieron instituciones y
ciudadanos de toda condición.
Fue un movimiento raudo, que no lideró ningún partido político, sino
que, como viene sucediendo, movilizó a personas que actúan aparte de
ideologías o de partidismos. Dos días después de la publicación del
llamamiento, el periódico El País debió autocriticarse en su página
editorial porque “un fallo en nuestro sistema de control hizo posible la
inserción de ese ofensivo reclamo”.
Podrá argüirse que tanto la publicación del anuncio como la
rectificación entran en el juego de libertad expresiva ampliamente
proclamado por esa sociedad, y que la parte comercial del periódico se
alejó de sus cometidos morales. Lo innegable es que el asunto pone en
relieve una herencia de discriminación y desprecio hacia el diverso,
hacia las opciones individuales, consideraciones regresivas que ya no
pueden expresarse de manera desembozada sin que les salga al paso una
civilidad de nuevo tipo.
Hoy sabemos que la consideración que una organización o movimiento tenga
de la homosexualidad ya no queda en cotos cerrados, ni le vale
argumentar las arcaicas líneas del pensamiento mosaico del Antiguo
Testamento, o versículos de los Evangelios, mucho menos acudir a
razonamientos políticos que estremecieron los siglos anteriores, o
estrategias de cambio social que se tamizan de énfasis ideológico
mientras buscan un reacomodo en situaciones que sus criterios matrices
no contemplaron. Es obvio que esto no ocurre solamente con la
homosexualidad, sino que hace parte de replanteos que superan los viejos
códigos y responden a una sociedad que ha desarrollado vías de
emplazamiento totalmente nuevas, que obligan a una urgente
actualización. Se puso de manifiesto en el seno de la todavía en
construcción Comunidad Europea, cuyos altibajos notables, con el “no”
francés y holandés, hoy ocupan las primeras planas. Me refiero a lo
sucedido con el político conservador italiano
Rocco Buttiglione, elevado por Silvio
Berlusconi a la cartera de Libertades, Seguridad y Justicia de la
Comisión Europea, nada menos. Unas declaraciones suyas resultaron
ofensivas a los gays y a las asociaciones que procuran el mejoramiento
social femenino. De inmediato fue denunciado como un fascista que
resucitaba criterios medievales, un dogmático incapaz de cumplir un
cargo de responsabilidad internacional. El cerrado repudio lo
descalificó y debió abandonar sus pretensiones en la dirigencia europea.
Instituciones de católicos avanzados de Italia y de toda Europa se
incorporaron al rechazo, preocupados porque la opinión pública
considerara que todos los seguidores de su fe entrados en política
resultarían de similar calaña.
Por supuesto, que no podemos crearnos una idea idílica acerca de cómo
van las líneas directrices y las conductas en la política europea, donde
se advierte una expresa derechización, amparada en el manto de la
globalización y la pérdida de pluralidades que, luego de la implosión
del campo socialista, parecerían irrecuperables. Sin embargo, las
reticencias para tratar los asuntos que implican a la homosexualidad
asoman donde menos se les espera, incluidos los crímenes de adversarios
de la humanidad tan terribles como las hordas hitlerianas. En el actual
recordatorio por el cincuentenario del fin de la Segunda Guerra Mundial,
al evocar la barbarie nazi y el Holocausto judío, poco o nada se habla
de la criminal política hitleriana hacia gitanos y homosexuales, entre
otras minorías avasalladas bajo las consignas de la llamada raza
superior. Sabemos que su
homofobia se basó en tendencias de los ideólogos nazis: veían el
homosexualismo como una amenaza para la política de reproducción aria. A
los homosexuales atribuían una falta de virilidad asociada a la
humillación sufrida en Versalles y al ambiente cultural permitido en el
tiempo de Weimar. Una vez que el dirigente Ernst Rohm, amigo de juventud
de Hitler, por orden suya fue asesinado a tiros, predominó el enfoque
machista del nazismo, que se sentía amenazado por la existencia de la
homosexualidad en sus filas. Bajo esos criterios la población homosexual
también alimentó los campos de concentración, la mano de obra esclava y
los hornos crematorios. Todavía un pudor sexista impone discreción sobre
ese asunto.
Son datos recientes sobre un viejo dilema del pensamiento social
que, por supuesto, se extiende a la praxis política.
Haber convertido a la homosexualidad en un tabú de
la cultura y la sociabilidad ha dañado más que si se hubiera enfrentado
su existencia como algo inherente a las condiciones y preferencias del
ser humano. Como todo lo que concierne a comportamientos y
actitudes que implican la sexualidad y la moral, la tradicional
consideración de la homosexualidad resultó piedra de choque para las
vanguardias. Aún las instituciones que asumieron el materialismo
histórico y científico como base programática, arrastraron al plano
político los dogmas religiosos y la desatención a los reclamos de la
ciencia, o los subestimaron al punto de desconocerles una significación
que a la larga resultaría dañina. Sucedió con la persecución homosexual
en regímenes socialistas cuyo silenciamiento oficial contribuyó a darles
mala prensa y la convirtió en argumento de permanente reconvención en
manos de sus adversarios. Con el tiempo, el silencio inicial invalidaba
o ponía en duda los posibles alegatos de cambio, si lo hubo, pues el
asunto se les había convertido en un boomerang particularmente
aprovechado por la derecha internacional, con irremediable eco entre
intelectuales y artistas. En este punto, a las mentes de muchos acude el
enorme error de uno de los grandes partidos comunistas de Europa
occidental, el italiano, al echar de sus filas al joven homosexual Pier
Paolo Pasolini, quien luego fue uno de los estudiosos y esclarecedores
del pensamiento de Gramsci, y un talento más trascendental del arte
cinematográfico y literario del siglo
xx.
El crecimiento de los medios de comunicación,
incluida una capacidad nueva de movilización por Internet y el uso de
celulares para llamar a la participación individual, respalda vías
alternativas de eficacia inesperada. Varios acontecimientos recientes
apoyan esta afirmación. Hoy las instituciones políticas y los
movimientos sociales más destacados no temen contar con homosexuales en
sus filas, aunque siguen acercándose al tema con una prevención
lastrante, mientras que si lo abordaran con toda transparencia, saldrían
fortalecidas en la base y en el prestigio. Para el pensamiento
progresista ha sido una asignatura pendiente la vinculación de
esclarecimientos sociológicos a la práctica política, la enriquecedora
complejización que supone incluir en sus programas el razonamiento sobre
aspectos de la realidad que no siempre hallan cabida en una mirada de
conjunto. En la actualidad, con un desarrollo multiplicado y
considerable de las asociaciones y los movimientos sociales,
precisamente para afirmar que una convivencia social más justa es
posible, se impone vincular a todos los sectores en los proyectos
comunes. No como “compañeros de ruta” —según una antigua expresión del
lenguaje político—, sino como partícipes con todos los derechos y
deberes. Recordemos que la excepcionalidad puede resultar
marginalizadora, que la llamada “tolerancia” implica una diferenciación
cruel, pues se tolera aquello con lo que se coexiste pero ponemos en
capítulo aparte, no asimilado en paridad de condiciones. Ser progresista
hoy implica tener en cuenta a todos los elementos que puedan contribuir
al mejoramiento social, porque sin ellos el proyecto no tendría sentido
ni realización perdurable. El pálpito de esas ideas está implícito en
cualquier proyecto que unifique la cultura y el desarrollo, entendidos
estos conceptos hablamos desde una valoración profunda, no utilitaria y
ocasional. Un movimiento social que se proponga alcanzar eco atendible,
independientemente de su profundidad o vastedad, o precisamente por
ellas, está obligado a ganar una complejidad mayor si no desea que sus
avances resulten fallidos y que una incompletez
de origen debilite sus posibles conquistas.
Texto presentado al IV Congreso Internacional Cultura
y Desarrollo.
La Habana, 7 de junio de 2005.
Carmen G. Hernández Ojeda y 37 firmas más: “Anuncio homófono”, y Gloria
Pardo Fernández, en “Cartas al Director”, El País, Madrid, 25 y
26 de mayo de 2005.
“Un anuncio ofensivo”, editorial de El
País, Madrid, 27 de mayo de 2005.
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