Discurso en el acto por el Décimo Aniversario de la Revolución Bolivariana
Ricardo Alarcón de Quesada
2 de febrero de 2009
Comandante de la
Revolución Juan Almeida Bosque,
Compañero Alí Rodríguez Araque,
General García Carneiro,
Compañeras y compañeros:
Ante la imagen y el pensamiento del Comandante en Jefe Fidel Castro, que es
igual a decir el mejor y más fiel continuador de José Martí y de Simón Bolívar,
y junto a él su más brillante discípulo, con júbilo martiano y bolivariano
celebramos el ascenso a la presidencia de Venezuela del compañero Hugo Chávez
Frías, hace hoy exactamente diez años.
Llegó a esa responsabilidad porque el pueblo lo eligió pese a los mecanismos y
métodos de un régimen que se negaba a desaparecer, controlaba las principales
palancas de la economía y casi toda la prensa escrita, radial y televisiva y aun
influía de modo predominante en los procesos electorales. La oligarquía y los
partidos políticos que habían dominado el país durante 40 años se concertaron
con el imperialismo norteamericano para tratar de impedir la victoria popular.
Para los enemigos de Venezuela estaba claro lo que significaban las elecciones
del 6 de diciembre de 1998. No era solo la elección de un Presidente. Lo que se
decidía entonces era el inicio de una verdadera revolución para transformar a
fondo el país, liquidando la pesada herencia de gobiernos corruptos al servicio
de los monopolios extranjeros, a los que entregaron el petróleo, el hierro y
otros recursos naturales, mientras a los trabajadores, a los campesinos, a los
estudiantes, al pueblo, imponían el atraso y la miseria ejerciendo muchas veces
el terror y la represión brutal.
Cuando Chávez asumió la presidencia la mayoría de la población estaba
desempleada o subempleada, carecía de servicios médicos o de educación y el 80%
vivía en la pobreza.
Bajo su gobierno la vida del pueblo ha cambiado sustancialmente. En diciembre de
2005 la UNESCO certificó la erradicación del analfabetismo en Venezuela. El
desempleo y la miseria se han reducido sustancialmente. Se ha extendido la
educación primaria al conjunto de la población y decenas de miles de jóvenes de
familias humildes han accedido a los estudios universitarios. Por primera vez
todos los venezolanos reciben gratuitamente servicios médicos de excelencia.
Ciento setenta y seis mil pobres han recobrado la vista por medio de la
Operación Milagro. Más de cuatro millones de niños son beneficiarios del
Programa de Alimentación Escolar gratuita. La mortalidad infantil ha descendido
a diez por mil nacidos vivos y la tasa de desnutrición infantil es una de las
más bajas de América Latina solo superada por Cuba y Chile según la CEPAL. Más
de 13 millones de personas, la mitad de la población, adquiere sus productos
alimenticios en los puntos de venta del sistema Mercal a precios fuertemente
subvencionados por el estado.
La obra del gobierno bolivariano, en pocos años, modificó radicalmente las
condiciones de existencia de la gente anónima, hombres y mujeres, niños y
ancianos, en las ciudades y en los valles, en las sabanas y en las montañas.
Llegó hasta millones de venezolanos que siempre habían sido marginados, bajo las
dictaduras militares y las dictaduras de farsantes disfrazados de demócratas.
Alcanzó a las poblaciones aborígenes con las que nadie contó nunca, esas que no
figuraban siquiera en las estadísticas y los discursos oficiales.
Para las grandes mayorías era empezar a vivir con dignidad y esperanza. Habían
pasado muchos años desde que el Libertador se empeñó en crear una Venezuela
libre, justa y solidaria y soñó también con una Patria Grande que uniera a todos
los pueblos hermanos al amparo del mismo ideal de independencia y justicia.
Recorrieron un camino largo y duro, se alzaron una y otra vez, con Ezequiel
Zamora y con Maisanta y en muchos otros combates, en repetidas batallas
clandestinas y guerrilleras. El pueblo se lanzó a las calles el 27 de febrero de
1989 a protestar el entreguismo y la traición que lo condenaban al hambre y fue
masacrado ese día y los siguientes con una ferocidad que pasó inadvertida para
los grandes medios de información internacional y para gobiernos que alardean de
una imaginaria defensa de los derechos humanos. ¿Dónde estaban cuando ocurrió el
Caracazo? Embriagados celebrando la crisis del socialismo europeo fueron
incapaces de ver que allí, en aquellas jornadas dolorosas y heroicas del pueblo
caraqueño, se anunciaba la bancarrota definitiva del dogma neoliberal.
Mucho había luchado por él y por todos los demás el bravo pueblo que acompañó a
Bolívar por hondonadas y cordilleras, desde el Caribe hasta el Altiplano,
llevando generosamente la llama de la libertad. Ningún otro había dado tanto por
la emancipación propia y ajena. Para terminar en la frustración y el desengaño.
Para reiniciar la marcha y regresar a la derrota y la amargura.
Hasta que, finalmente, volvió el Libertador. Ahora venía de los Llanos, del
corazón de la tierra aun irredenta, venía, mestizo, joven soldado de profundas
convicciones, apasionadamente convencido, de que la pelea no había terminado en
Santa Marta, que era necesario levantar, otra vez, el sable del Libertador.
Volvió y con él, la esperanza. Por eso, desde que se produjo el reencuentro con
el Libertador, el pueblo repite con energía inagotable: “Chávez no se va”.
Llevar a cabo esa obra ha sido tarea muy difícil. Contra ella han conspirado
desde el primer día los grupos minoritarios que durante demasiado tiempo
expoliaron al pueblo y le impidieron satisfacer las necesidades más elementales
en un país dotado de inmensas riquezas naturales que solo servían para la
opulencia de unos pocos. Las realizaciones del gobierno bolivariano, que son
muchas y admirables, se han llevado a cabo sobre todo frente a la incesante
agresión del imperialismo.
A menos de dos años de su primera elección, Chávez es vuelto a elegir como
Presidente, el 30 de julio de 2000, con una votación aun mayor, en elecciones
cuya limpieza fue reconocida por organizaciones y testigos de todo el mundo.
Vale la pena recordar que ese mismo año George W. Bush se apoderó de la Casa
Blanca mediante el fraude más vergonzoso, con medio millón de votos menos que su
rival y en unos comicios en los que se impidió votar a decenas de miles de
afroamericanos y a muchos latinos y pobres.
En abril de 2002 el ya mentado delincuente internacional orquestó un golpe de
Estado contra Chávez que fue derrotado por la extraordinaria movilización
popular. El pueblo venezolano rescató la democracia y salvó a su Presidente
mientras en Washington y en algunas capitales europeas los farsantes de siempre,
sin el menor pudor, alentaban a los golpistas.
El imperio frustrado descargó su odio contra el pueblo en 2003 con el sabotaje a
las infraestructuras petroleras que causó pérdidas de diez mil millones de
dólares a la economía nacional.
El 15 de agosto de 2004 Chávez sometió su mandato a referéndum popular y por
tercera vez fue ratificado ampliamente en un proceso reconocido por todos.
Ironías de la Historia, ese mismo año Bush volvió a robarse la presidencia
impunemente.
El 3 de diciembre de 2006 nuevamente el pueblo reeligió a Chávez como su
Presidente. Cuatro veces en diez años, democráticamente, libremente, Venezuela
ha proclamado sin vacilar, con voz firme y clara para que todos entiendan:
“Chávez no se va”.
Ninguno de los hipócritas censores de Chávez puede mostrar algo que se parezca,
siquiera a la distancia, al respaldo arrollador que él ha recibido de su pueblo.
Cualquiera de ellos habría sido barrido del poder si sus ciudadanos hubieran
sido consultados. Imaginemos por un instante de cuanta sangre, de cuanto dolor y
sufrimientos se habría librado la Humanidad si Bush hubiera encarado un
referéndum revocatorio.
Pero la maquinaria de desinformación y mentiras del imperio no cesa en su
esfuerzo para denigrar y socavar a la Revolución Bolivariana. Lo ha dicho con
palabras certeras Ignacio Ramonet: “Pocos gobiernos en el mundo son objeto de
campañas de demolición tan cargadas de odio como Hugo Chávez, presidente de
Venezuela. Sus enemigos no han vacilado ante nada: golpe de Estado, huelga
petrolera, intentos de atentados. Desde los ataques de Washington contra Fidel
Castro no se había visto un ensañamiento semejante en América Latina. Contra
Chávez se divulgan las más miserables calumnias”.
“¿Por qué tanto odio?” se pregunta Ramonet, y esta es su respuesta: “Las
circunstancias históricas parecen haber confiado a Chávez la responsabilidad de
asumir la conducción a escala internacional de la reinvención de la izquierda
inspirados por el ejemplo venezolano, se suceden experiencias que mantienen viva
la esperanza de realizar la emancipación de los más humildes”.
La Revolución Bolivariana abrió una nueva era en la historia latinoamericana.
Ella ha sido y es fuerza animadora para los humildes de todo el continente.
Otros pueblos escucharon el himno glorioso y siguen el ejemplo que Caracas dio.
Vivimos una época nueva que solo ha sido posible por la resistencia cubana al
genocidio de medio siglo y por la lucha de Hugo Chávez y su noble y valeroso
pueblo.
La Alternativa Bolivariana para Nuestra América (ALBA) es la realización de la
utopía fundadora de nuestras naciones. Avanzan en el Continente los proyectos
que consolidan la unión y la integración. Son varias hoy las experiencias
revolucionarias que con su rica, policromada, diversidad van dando forma a un
socialismo siempre renovado, el socialismo del siglo XXI.
Encaramos desafíos que reclaman fortalecer nuestra solidaridad y estar siempre
alertas frente a quienes aun se niegan a admitir que llegó la hora de la
definitiva independencia de América Latina y el Caribe. Tenemos que exigir el
respeto irrestricto a la soberanía nacional y a nuestro derecho a vivir en paz y
a edificar libremente una sociedad digna y justa. Por eso, hemos luchado mucho y
hemos soportado incontables sacrificios.
Sirva esta ocasión para levantar con más vigor esos reclamos. Estados Unidos
tiene que extraditar a Venezuela a Luis Posada Carriles, asesino confeso, para
que continúe allá el juicio que se le sigue por la destrucción en pleno vuelo de
un avión civil y la muerte de 73 personas. Si no lo extradita está obligado, sin
excusa alguna, a encausarlo por el mismo crimen ante los tribunales
norteamericanos. No hay, legalmente, otra alternativa. Ninguna otra. Hasta ahora
Washington no ha dado un solo paso para extraditarlo o para someterlo a juicio,
violando así escandalosamente los Convenios internacionales contra el terrorismo
y las resoluciones del Consejo de Seguridad que su diplomacia promovió y aprobó.
Posada y su compinche Orlando Bosch, también culpable de aquel horrendo crimen,
ambos con un largo historial terrorista documentado y reconocido por las
autoridades, los tribunales y la prensa de EE.UU., disfrutan desde hace años de
la protección oficial en ese país.
Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René
González llevan ya más de diez años injusta y cruelmente encarcelados. Ellos no
causaron daño a nadie, no emplearon la fuerza ni la violencia, no utilizaron
armas en el cumplimiento de la muy riesgosa misión de descubrir los planes de
aquellos y otros terroristas que actúan con absoluta impunidad desde territorio
norteamericano. A los héroes se les castiga allá, precisamente, para proteger a
los terroristas.
El pasado viernes 30 de enero los abogados defensores de nuestros Cinco
compañeros solicitaron al Tribunal Supremo de EE.UU. que acepte revisar su caso.
Es facultad exclusiva de esa Corte acceder a hacerlo o no y la decisión tiene
que tomarla en los próximos meses. La solidaridad internacional, especialmente
la del pueblo norteamericano, es ahora más urgente y necesaria que nunca.
La conducta de la Administración anterior respecto a Posada Carriles y a
nuestros Cinco compatriotas es prueba irrefutable de su falta de ética, su
irrespeto por el Derecho Internacional y su propia Constitución y sus leyes y el
grosero embuste de su “guerra contra el terrorismo”. Su actuación inmoral e
ilegal fue rechazada ampliamente por el pueblo norteamericano en las elecciones
del pasado mes de noviembre, en las que millones se movilizaron reclamando
cambios.
Hacer que Posada sea juzgado por sus crímenes y poner fin al injustificable
cautiverio de Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René son decisiones que pueden
y deben ser tomadas ya, inmediatamente, sin dilación, y permitirían empezar a
creer en la voluntad de cambios de la que por allá se habla. No reclamamos
tanto. Solo que den pasos indispensables en el camino hacia el regreso de EE.UU.
a la legalidad y la convivencia civilizada.
Mientras tanto la Revolución latinoamericana seguirá su marcha sin detenerse y
con ella la solidaridad fraterna entre Cuba y Venezuela.
Al saludar esta fecha decisiva de la historia con Fidel y Raúl y nuestro
aguerrido pueblo les decimos a nuestros hermanos venezolanos: adelante
compañeros, en la lucha por la independencia y la justicia estaremos juntos
hasta la victoria siempre.