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Tendencias
sectarias bajo Benedicto XVI
Leonardo Boff
Está hoy a la vista un vacío global de sentido en razón de la irracionalidad
de la política y de la economía mundiales, y de la crisis generalizada de
las religiones, fuentes naturales de ética y de esperanza. Casi todas las
religiones están contaminadas por el mal del fundamentalismo, que es con
frecuencia la base del terrorismo.
No le falta razón a Hans Kung, el teólogo que más se ha ocupado en estos
años del significado político y ético de las religiones, cuando sostiene que
no hay paz política sin previa paz religiosa, que no hay paz religiosa sin
diálogo entre las religiones, y que este diálogo no es eficaz si no se
desenvuelve en torno de puntos comunes y relativizando las diferencias. Esta
búsqueda de paz religiosa no cuenta con la colaboración necesaria de su
componente más numeroso, la Iglesia Católica Romana. Los últimos años han
evidenciado tendencias cada vez más cerradas, llegando a formulaciones
claramente fundamentalistas y excluyentes que se reflejan en los discursos
del Papa actual.
Benedicto XVI está encaminando a la Iglesia Católica por un curso peligroso
que ha provocado severas críticas no sólo de teólogos sino asimismo de
cardenales, de episcopados como el de Francia, de grupos de obispos de
Alemania y, sorprendentemente, de obispos de la romanísima Italia, además de
líderes de otras religiones y de organismos ecuménicos mundiales. Desde sus
tiempos de cardenal ha tratado a garrotazos a los grupos progresistas y a
los teólogos de la liberación, y con guantes de seda a los conservadores y
tradicionalistas y a los seguidores del obispo Lefebvre, excomulgado en
1988, quien en rebeldía hacia Roma ordenó obispos y sacerdotes. El Vaticano
terminó por acatar sus seminarios, que profesan el rito tradicionalista y
ahora, el Papa acaba de atender una de sus mayores demandas: el retorno de
la misa en el latín del Concilio de Trento (1545-1563), con todas las
limitaciones de comunicación que implica una lengua muerta y sólo accesible
a los eruditos.
Lo más grave ocurrió seguidamente, con una publicación sobre cinco
cuestiones relativas a la Iglesia, preparada por la Congregación para la
Doctrina de la Fe y aprobada por el Papa, que repite lo que en el 2000 el
entonces cardenal Ratzinger enfatizaba en el documento Dominus Jesús,
verdadero exterminador del futuro del ecumenismo: la única Iglesia de Cristo
es la Iglesia Católica y fuera de ella no hay salvación. Las demás
"iglesias" sólo poseen "elementos eclesiales" y a la Iglesia Ortodoxa, el
segundo pulmón de la catolicidad según la expresión de Juan Pablo II, se la
rebaja a simple iglesia particular. Estas posturas generan decepción y
amargura, una atmósfera no favorable a la búsqueda de la paz.
Así aparecen los trazos de gran secta que la Iglesia Católica está
asumiendo. Vale recordar que en sus comienzos se llamó secta al
cristianismo, ya que era un grupo disidente del judaísmo adherente a Cristo.
Como tal, secta era un concepto neutral para referirse a un grupo que se
diferenciaba de la mayoría. Cuando posteriormente surgieron conflictos entre
los credos, la palabra secta adquirió una connotación negativa como se lee
en pasajes de las cartas de San Pablo a los corintios, los romanos y los
gálatas. Y San Pedro habla de "sectas perniciosas" que se encierran en sí
mismas y excluyen todas las demás.
Este es el riesgo que corre actualmente la Iglesia Católica, aislándose más
y más. Su base social principal está en los movimientos de laicos, de
pensamiento mediocre y sumisos a las autoridades; en obediencia a la lógica
del mercado, prefieren los grandes espectáculos mediáticos a enfrentar los
problemas de la pobreza, la injusticia y las amenazas que pesan sobre la
biosfera.
Una iglesia se comporta como secta, según autores clásicos como Troeltsch y
Weber, cuando tiene la pretensión absolutista de posesión exclusiva de la
verdad, se niega al diálogo y rechaza el trabajo ecuménico.
Señal de sectarismo es no haber firmado la Declaración Universal de los
Derechos Humanos de 1948 porque no mencionaba a Dios; negarse a participar
en el Consejo Mundial de Iglesias por considerarse por encima de las demás
iglesias; por semejante razón, rechazar la convocatoria de un concilio
cristiano universal en la perspectiva de la paz mundial; desestimular la
compra de tarjetas de UNICEF destinadas a la infancia desprotegida alegando
que esa institución favorece el uso de preservativos.
La estrategia doctrinal de Benedicto XVI es de confrontación directa con la
modernidad en un pesimismo cultural inadmisible en alguien que debe saber
que el Espíritu está en la humanidad y no es monopolio de la Iglesia, y que
la salvación se ofrece a todos. De este modo la Iglesia se presenta como un
"contra-mundo", actitud que según estudiosos como Séguy es típicamente
sectaria.
No me asombraría si algunos conservadores más radicales, animados por gestos
del Papa actual, intentasen un cisma en la Iglesia. En el siglo IV casi
todos los obispos profesaban la herejía del arrianismo (Cristo apenas
semejante a Dios). Fueron los laicos quienes salvaron a la Iglesia
proclamando a Jesús como Hijo de Dios. Es urgente actualizar esta historia,
dada la estrechez mental y el vacío teológico reinante en las altas esferas
del Vaticano.
Leonardo Boff, teólogo, autor y ambientalista brasileño, miembro de la
Comisión de la Carta de la Tierra.
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