Consumo luego existo
Frei Betto
Al visitar en agosto la admirable
obra social de Carlinhos Brown, en Candela, Salvador, le oí contar que en su
infancia, vivida allí en la pobreza, no había conocido el hambre. Siempre había
un poco de harina, frijoles, fruta y vegetales. “Quien trajo el hambre fue el
frigorífico”, decía. Ese electrodoméstico le impuso a la familia la necesidad de
lo superfluo: alimentos refrigerados, helados, etc.
La economía de mercado, centrada en el lucro y no en los derechos de la
población, nos somete al consumo de símbolos. El valor simbólico de la mercancía
está por encima de su utilidad. Por eso el hambre a que se refiere Carlinhos
Brown es indefectiblemente insaciable.
Es propio del ser humano -y en eso también nos diferenciamos de los animales-
manipular el alimento que ingiere. La comida exige preparación, creatividad, y
la cocina es laboratorio culinario, como la mesa es misa, en sentido litúrgico.
La ingestión de alimentos por un gato o un cachorro es un atavismo desprovisto
de arte. Entre los humanos, comer exige un mínimo de ceremonia: sentarse a la
mesa, revestida de un mantel, usar cubiertos, presentar los platos con esmero y
sobre todo disfrutar de la compañía de otros comensales. Se trata de un ritual
que lleva muchas señales indelebles. Me parece no humano el comer de pie o solo,
tomando el alimento directamente de la olla.
Ya Marx se había dado cuenta del peso del refrigerador. En sus “Manuscritos
económicos y filosóficos” (1844), constata que “el valor que cada uno posee a
los ojos del otro es el valor de sus respectivos bienes. Por tanto, en sí el
hombre no tiene valor para nosotros”. El capitalismo deshumaniza de tal forma
que no somos sólo consumidores, somos también consumidos. Las mercancías y los
bienes simbólicos que me rodean son quienes determinan mi valor social.
Desprovisto o despojado de ellos, pierdo el valor, condenado al bajo mundo de la
pobreza y a la cultura de la exclusión.
Para el pueblo maorí de Nueva Zelanda cada cosa, y no solamente las personas,
tiene alma. En comunidades tradicionales de África también se encuentra esa
interacción materia-espíritu. Ahora bien, si nos dicen que un aborigen cultiva
un árbol o una piedra, un tótem o un ave, con seguridad echaremos una mirada de
desdén. Pero ¿cuántos de nosotros no cultivan su propio auto, un determinado
vino guardado en la bodega, una joya?
Así como un objeto se asocia a su dueño en las comunidades tribales, en la
sociedad de consumo sucede lo mismo bajo la sofisticada apariencia de la marca.
No se compra un vestido, se compra un Gaultier; no se adquiere un auto sino un
Ferrari; no se bebe un vino sino un Chateaux Margot. La ropa podrá ser tan
horrorosa como quieras, pero si lleva la firma de un famoso modisto, la humilde
muchacha se transforma en cenicienta.
Somos consumidos por las mercancías en la medida en que esta cultura neoliberal
nos hace creer que de ellas emana una energía que nos cubre como una unción
bendita, la de que pertenecemos al mundo de los elegidos, de los ricos, del
poder. Pues la avasalladora industria del consumismo imprime a los objetos una
aureola, un espíritu, que nos transfigura cuando lo tocamos. Y si nos vemos
privados de tal privilegio, el sentimiento de exclusión causa frustración,
depresión, infelicidad.
No importa que la persona sea imbécil. Revestida de objetos deseados, es elevada
al altar de los aclamados por la envidia ajena. Ella se convierte también en
objeto, confundida con sus pertrechos y todo lo que carga en sí, pero que no es
ella: bienes, dinero, cargos, etc.
Comercio deriva de “con merced”, con trueque. Hoy día las relaciones de consumo
están desprovistas de intercambio, son impersonales, ya no son mediatizadas por
las personas. Antes la tendera, el boticario, la mercera creaban vínculos entre
el vendedor y el comprador, y constituían también el espacio de las relaciones
de vecindad, como todavía sucede en la feria.
Ahora el supermercado suprime la presencia humana. Allí están los estantes
abarrotados de productos seductoramente empacados. Allí la frustración de la
falta de convivencia es compensada por el consumo superfluo. “Nada podría ser
mejor que la seducción”, dice Jean Baudrillard, “ni siquiera el orden que la
destruye”. Y la seducción llega a su cumbre suprema en la compra por internet.
Sin levantarse de su silla el consumidor hace llegar a su casa todos los
productos que desea.
Voy con frecuencia a las librerías de los centros comerciales. Al pasar ante los
locales y contemplar los venerables objetos de consumo, se acercan los
vendedores preguntando si necesito algo. “No, gracias. Sólo estoy dando un paseo
socrático”, les respondo. Me miran intrigados. Entonces les explico que Sócrates
era un filósofo griego que vivió siglos antes de Cristo, al que también le
gustaba pasear por las calles comerciales de Atenas, y que, asediado por
vendedores como ustedes, respondía: “Estoy observando solamente cuánta cosa hay
que no necesito para ser feliz”.
Frei Betto es escritor, autor de “Tipos típicos. Perfiles literarios”, entre
otros libros. En
1985 y en el 2005 fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante
del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de
Escritores.
Traducción de J.L.Burguet