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De recorrido por las
villas orientales
Octubre del 2006
Andrés Gómez
Hacía muchos años que quería ir al extremo más oriental
de la Isla a conocer esa fabulosa tierra, sobre todo, a su histórica capital
de Baracoa. Pero, por una y mil razones, especialmente, porque está muy
lejos de La Habana, no menos de mil kilómetros por carretera, por el dinero
y por el tiempo necesarios, y por otro montón de problemas, siempre se
complicó la posibilidad del viaje.
Sin embargo no me di por vencido. Y este año comencé a
planear el viaje unos meses antes del verano. Entonces, el viaje a Baracoa,
al coger forma, se convirtió en algo mayor, se convirtió en un mítico
recorrido por las más orientales de nuestras villas y sus históricos
territorios.
Finalmente, en compañía de un buen y paciente amigo,
salimos en las últimas horas de la tarde del sábado, 29 de julio, de la
terminal central de ferrocarriles de La Habana, en un tren regular con
destino a Santiago de Cuba.
El viaje en tren a Santiago fue lento, 16 horas, más o
menos. Pero no teníamos ningún apuro, lo imprescindible era que el tren
llegara. Esas horas en el tren, además del descanso, nos posibilitó
fantasear sobre el gran viaje recién comenzado. A pesar de ser pleno verano,
y este fue un fuerte verano en toda la Isla, la noche estuvo fresca. Al
amanecer ya nos encontrábamos en tierras del Camagüey, próximos a Las
Tunas. La clara luz de la mañana nos dio la bienvenida en las extensas
llanuras centrales de nuestra Isla.
Atravesamos tierras holguineras, y bien entrada la
mañana el tren comenzó a encaramarse en las montañas de la Sierra Cristal ya
en la provincia santiaguera. La entrada desde las montañas a la querida
ciudad de Santiago de Cuba y su gran bahía es siempre espectacular.
Después de alojarnos en una casa de huéspedes, casa de
cariñosos e ilustres santiagueros, fuimos a pie de recorrido por la bella
capital -declarada Ciudad Héroe de la República, la única en el país-,
acompañados de un recio aguacero. Lentamente paseamos por la antigua ciudad.
Caminamos por el hermoso Parque Céspedes, la antigua Plaza de Armas, rodeado
de extraordinarios e históricos edificios: la alta Catedral Metropolitana
coronada por la estatua del arcángel; el Palacio Municipal, desde cuyo
balcón azul Fidel se ha dirigido tantas veces a los santiagueros y al resto
de los cubanos, comenzando aquel legendario 1 de Enero de 1959; la Casa del
Adelantado Diego Velásquez, conquistador y primer gobernador español de la
Isla, quien en 1515 fundara la villa de Santiago y la convirtiera en la
segunda capital de la Isla, la primera fue Baracoa; y también en la otra de
las cuadras que rodea la plaza, el encantador Hotel Casa Granda y el
edificio de la Casa de la Cultura Municipal.
Comenzamos a caminar las empinadas calles santiagueras,
que fue lo primero que dijo notar de la ciudad mi muy habanero amigo, lo
segundo que notó fueron las muchas motos– que corren como velocísimas
flechas en esas estrechísimas calles- y son utilizadas como más baratos
taxis por los prácticos santiagueros.
Primero fuimos rumbo a las alturas de la Loma del
Intendente donde se encuentra el Museo de la Clandestinidad, antigua casona
del intendente de hacienda de la colonia, convertida mucho después en
jefatura de la policía por lo que fue asaltada y destruida durante el
alzamiento popular contra la dictadura el 30 de noviembre de 1956. En la
misma loma se encuentra un excelente mirador, uno de muchos en Santiago,
desde donde se puede observar una excelente vista de la ciudad y sus
alrededores.
Cerca de ese sitio se encuentra la famosa escalonada
calle Padre Pico, de 52 escalones contados, la cual, con todo propósito,
bajamos y no subimos. Recorrimos diferentes calles del centro histórico de
la ciudad -Monumento Nacional-, en las que se encuentran hermosas casas
coloniales, especialmente de los siglos XVIII y XIX, como también de
principios del siglo XX. La inmensa mayoría de ellas cuidadas y pintadas.
Paseamos por la Calle Heredia, donde se encuentran la casa natal del poeta
José María Heredia, hoy museo, la Casa de la Trova y la del Museo del
Carnaval.
Paseamos por la calle Aguilera donde se encuentra el
grande y lindo edificio del importante Museo Provincial Emilio Bacardí
Moreau, así nombrado para honrar a su fundador y declarado Monumento
Nacional en 1999. Unas cuadras más adelante está la siempre concurrida
Plaza Dolores, a la que domina la antigua iglesia que hoy es sala de
conciertos, en cuyo pequeño y sombreado parque central se encuentra una
estatua a cuerpo entero del insigne patriota bayamés, Francisco Vicente
Aguilera, primer vicepresidente de la República en Armas.
Finalmente, subiendo por la misma calle Aguilera,
llegamos a la antigua Plaza de Marte, amplia, y en cuyo centro se encuentra
una alta columna rematada con un colorido gorro frigio con la estrella de
cinco puntas, símbolo de la República. En esta patriótica plaza también se
encuentran estatuas de los generales de división del Ejército Libertador,
Francisco Sánchez Hechavarría y Joaquín Castillo Duany, ambos santiagueros,
así como del Comandante Camilo Cienfuegos y del Apóstol.
Al día siguiente, que amaneció soleado y caluroso, ya
en carro, pusimos rumbo al pueblo de Contramaestre en cuyos alrededores se
encuentran el poblado y cementerio de Remanganaguas. Antes de salir de la
ciudad, rumbo a las montañas, nos detuvimos en la Plaza de la Revolución
Antonio Maceo a la cual domina el monumental conjunto escultórico en honor
al Lugarteniente General.
Impresionante son las alturas de la Sierra Maestra que
cercan por tierra a Santiago. En días claros como ese se divisa a lo lejos
las alturas conocidas como la Gran Piedra de 1 226 metros de altura. La
montaña más alta de la Isla, claro, es el Pico Real del Turquino, también en
la Sierra Maestra, pero mucho más lejos, que tiene 1 974 metros de altura,
más o menos.
Nos montamos en la Sierra por la autopista camino a San
Luis. Lo que más me impresionó fueron las diferentes e intensas tonalidades
de verde de ese territorio. Bellísimas. Supongo que los verdes son más
intensos en esta temporada debido a la gran humedad consecuencia positiva de
las lluvias. Dejamos la autopista en las cercanías de San Luis para coger la
Carretera Central camino a Palma Soriano, distante unos 20 kilómetros.
Palma Soriano es más grande, populosa y de mucho más movimiento de lo que
creía. La cruza el río grande de Yarayabo.
Nuestro objetivo no era el pueblo de Contramaestre sino
el cementerio de Remanganaguas, que está en sus alrededores, y al que se
llega por un camino que entronca con la Carretera Central. La importancia
del cementerio de Remanganaguas es que en ese pequeñísimo cementerio fue
enterrado brevemente el cadáver del Apóstol por los soldados de la columna
española al mando del pundonoroso caballero, Coronel Ximénez de Sandoval.
Fue enterrado allí hasta que un médico militar del ejército español
examinara su cuerpo y lo identificara, así como para que el Coronel Ximénez
de Sandoval notificara por telégrafo a las autoridades superiores la muerte
de Martí, como se hizo, para después seguir rumbo a Palma Soriano, San Luis
y Santiago de Cuba, en cuyo Cementerio de Santa Ifigenia fue enterrado el
Apóstol, el 27 de mayo de 1895, ocho días después de morir en combate en Dos
Ríos.
Entonces quisimos ir allí, a ese pequeño cementerio el
cual se encuentra en medio de una extensa y deshabitada llanura. En el
camino que va al cementerio se encuentran casas aisladas, antes y después
del pequeño y pobre poblado que supongo sea Remanganaguas. Habrá unos 10
kilómetros entre la carretera y el cementerio, y unos 2 o 3 kilómetros
entre las últimas casas y el cementerio.
En el centro del cementerio hay un obelisco, construido
por suscripción popular y dedicado el 28 de enero de 1942, que marca el
lugar de ese enterramiento del Apóstol. En este pequeño cementerio rural
Martí fue enterrado por al menos dos días en una tumba temporal que fue
abierta en tierra y en la cual fue depositado su cadáver y encima de él, el
de un sargento español muerto también en el combate de Dos Ríos.
Para mi fue un momento de gran emoción en aquella
solitud. El obelisco en ese pequeño cementerio conmemora un momento
histórico de singular patetismo. Nos sentimos privilegiados en poder conocer
ese apartado sitio. Sentí entonces que acompañábamos al Apóstol, a pesar de
la enorme distancia en el tiempo, en aquel momento de tanta soledad para él.
Después de dejar Remanganaguas tomamos la Carretera
Central para regresar a Santiago vía el antiguo sitio de Santiago del Prado,
el de las minas de cobre, donde se encuentra el Santuario Nacional de la
Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba. Al Cobre se llega por buena
carretera entre montañas. Visitamos el Santuario, y en la capilla donde se
encuentra la imagen de Nuestra Señora, prendimos varias velas que dedicamos
al fin de la política genocida del Bloqueo que Estados Unidos mantiene en
contra del pueblo al cual esta Virgen milagrosa protege.
Seguimos entonces hacia Santiago entrando a la ciudad
por el noroeste para llegar al cementerio de Santa Ifigenia. En este
histórico cementerio, abierto en febrero de 1868, se encuentran enterrados
una pléyade de héroes nacionales de nuestras luchas libertarias, entre
éstos: José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Mariana Grajales, María
Cabrales, Fernando Figueredo, los Mayores Generales del Ejército Libertador:
José Maceo, Guillermo Moncada, Flor Crombet y Juan Pablo Cebreco; los
Mártires del Virginius, Frank País, Pepito Tey, los Mártires del Moncada y
los luchadores internacionalistas de la región santiaguera.
Con calma y emoción recorrimos gran parte del
cementerio. Vimos el cambio de la guardia de honor que se le rinde al
Apóstol, el Retablo de los Héroes, y los panteones de Carlos Manuel de
Céspedes, Mariana Grajales, María Cabrales, y el de Emilio Bacardí Moreau
entre muchos otros.
Esa noche del lunes, 31 de julio, llovió
torrencialmente en Santiago. Justo después que terminamos de comer se dio
la noticia por televisión nacional sobre la gravedad de Fidel y de su
histórica decisión de delegar temporalmente sus funciones oficiales como
Jefe de Estado y de Gobierno como corresponde, por orden constitucional, en
Raúl, como primer vicepresidente del Consejo de Estado.
A pesar de lo inesperado de esa conmocionante e
inesperada noticia, después de las primeras horas de intensa emoción y
preocupación, todo siguió su curso normal, siempre alerta y al tanto, todos,
de la salud de Fidel, lo que constatamos al recorrer en carro esa noche de
lluvia las principales calles santiagueras. A la mañana siguiente la
población, aunque consternada y comentando la situación siguió el curso
cotidiano de su vida.
Sí hubo mítines cortos frentes a centros de trabajo.
Fuimos testigos de dos. Uno frente al edificio del Gobierno Provincial, en
la calle Aguilera, al costado del Museo Bacardí, y el otro frente al
edificio del Gobierno Municipal, en el Parque Céspedes. En ambos,
principales dirigentes brindaron información a los allí congregados,
principalmente funcionarios y otros trabajadores de esas dependencias.
Durante los cinco días restantes de nuestro recorrido
de más de 1 500 kilómetros por muchos pueblos y ciudades de la región vimos
al pueblo reaccionando con mucha madurez política y confianza en las
instituciones de la república. La solidez y vigor de las instituciones
nacionales quedaron demostrada a todos.
A la mañana siguiente, después del desayuno y de
recorrer algunas calles de la ciudad, salimos rumbo a Baracoa, distante de
Santiago unos 234 kilómetros por carretera. Esa carretera pasa también por
la ciudad de Guantánamo distante 84 kilómetros de Santiago. Nos dispusimos
a disfrutar plenamente una expedición sin par.
Pronto, después de salir de Santiago, pasamos los
afamados pueblos de El Cristo, Alto Songo y La Maya. La carretera, buena y
sin mucho tráfico, cruza un extenso llano. Después siguen otros pueblitos
como Yerba de Guinea, El Aguacate y Cabañas. Después de Cabañas tomamos una
corta autopista -la cual eventualmente unirá a Santiago con Guantánamo- que
nos llevó a esta última. La ciudad, unos 40 kilómetros tierra adentro de la
costa, luce un tanto descuidada. Allí almorzamos una bobería y después
continuamos nuestro viaje.
Después de pasada la ciudad, la carretera, dejando a la
gran bahía a un lado, se acerca a la costa. Pasamos los pueblitos de La
Sombrilla, Maiqueicito, Glorieta, El Acueducto y Yateritas. Finalmente la
carretera se junta al mar en Tortuguilla. De ahí en adelante, hasta un poco
antes de Cajobabos –no menos de 80 kilómetros- la carretera es un deleite
con el mar de un azul intenso, aunque no oscuro, a la derecha y las montañas
un poco lejos a la izquierda. Ese mar es el famoso Paso de los Vientos, que
separa a la Isla de Cuba de Haití. Continuamos pasando pueblitos y pueblos,
todos limpios y acogedores, como son El Naranjo, Baitiriquí, San Antonio del
Sur, Pan de Azúcar, Cardonal, Macambo y el Salado. Entonces llegamos a Imías,
pueblo importante, verdaderamente lindo, todo sembrado de árboles y matas
floridas, muy cuidadas por sus dedicados habitantes. Después de Imías la
carretera vuelve a unirse al mar, a quien lo teníamos, a un tiro de piedra,
y pasamos los pueblos de La Chivera, El Rosal y Tacre para entonces llegar
al sitio del histórico desembarco del Apóstol, el Generalísimo y sus otros
compañeros, en Playitas de Cajobabos.
Al sitio del desembarco se llega caminando menos de un
kilómetro por una playa de piedras naturalmente pulidas, grises y negras,
que se encuentra entre el mar y unos farallones. Mientras más se acerca a
uno al punto del desembarco, más próximo el mar a los farallones, que se
convierten verticales en la pequeña ensenada, por donde el 11 de abril de
1895, desembarcaron de su bote de remos –en noche oscura y tormentosa- los
héroes. Una gran tarja en el lugar, incrustada en los grises farallones,
conmemora el hecho.
No podía creer, al ver el sitio, lo cerca que esos
hombres estuvieron, dada las condiciones de la costa, a no poder sobrevivir
el desembarco. Y lo más curioso, lo que ellos evidentemente no pudieron ver
esa oscura noche antes del desembarco, a menos de 40 metros a la izquierda
del peligroso lugar la costa es playa extensa.
De nuevo en el carro, está vez a disfrutar de un
escenario único, el cruce de los macizos montañosos de Baracoa a través del
Viaducto La Farola, obra maestra de ingeniería, proyecto del gobierno
revolucionario terminada en 1964. 40 kilómetros de puro deleite visual que
nos llevó a Baracoa. Inclusive, allá arriba y en sus profundos valles, hay
pequeñísimos poblados como La Carbonera, Veguita del Sur, La Guásima, Alto
de Cotilla, Cagüeybaje, Paso de Cuba, El Laurel, Los Hoyos, La Púa, El Guamá
y justo antes de Baracoa, Cabacú y Bermeja.
Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, primera villa
española en la Isla -Monumento Nacional- fundada el 15 de agosto de 1511,
acaba de celebrar el 495 aniversario de su fundación. Es, por tanto, su
primera capital y su primer obispado. Es pequeña y provinciana y la rodea un
paraíso de tierra y mar. Ahí reside su encanto. Baracoa, con sus estrechas
calles, se extiende a lo largo de una bellísima ensenada, llamada Bahía de
Miel, limitada en sus extremos por dos bellos lomeríos que se adentran en el
mar.
Cercano a uno de esos extremos que limitan la ensenada
se encuentra el poblado de Yara. Según la historia local, este Yara, y no
el otro que se encuentra en la región de Manzanillo, fue donde los
conquistadores españoles finalmente capturaron y cruelmente quemaron vivo al
bravo cacique taíno, Hatuey, quien organizara la primera gran resistencia
isleña a la invasión española.
Por siglos los habitantes de Baracoa vivieron del mar,
y dado lo intrincado de sus montañas, por mar se comunicaban con el resto de
la Isla y con otras tierras antillanas. Esas mismas montañas por siglos
sirvieron de refugio a los pobladores originales de esta Isla y sus
descendientes, así como a los africanos esclavizados quienes también
prefirieron la libertad que ofrecían estos montes a la esclavitud. El mar y
el aislamiento también permitieron el contrabando –llamado entonces
convenientemente comercio de rescate--, pieza angular de su comercio,
que por siglos le permitió vivir a sus habitantes.
En Baracoa nos instalamos en una casa de huéspedes,
vivienda de una cariñosa y trabajadora familia. Él, normalmente a cargo de
los huéspedes, y ella es maestra de matemáticas en el politécnico
municipal. Por suerte para nosotros era verano, tiempo de vacaciones, y
ella, gran cocinera, estaba en casa encargada de la cocina. Durante esos
días comimos como reyes platos de la cocina típica baracoense (desayunábamos
con una gran taza de espeso chocolate del patio, otro de los tesoros de
Baracoa). Ellos dos y sus muchachos nos atendieron con gran cariño y
amabilidad, también típico de la gente de esa bella región.
En Baracoa nos quedamos tres días. Fuimos agraciados
que no lloviera durante el tiempo que estuvimos en esa región. La primera
mañana después de nuestra llegada salimos rumbo al noroeste por la carretera
de la costa, sobrecogidos por la belleza de la flora y las montañas. Desde
Baracoa hacia las montañas todo lo domina el Yunque, una pequeña meseta que
forma una alta y singular montaña.
Cruzamos el río Duaba , a menos de 10 kilómetros de la
ciudad, y nos adentramos hacia la playa para visitar el lugar del
desembarco, el 1 de abril de 1895, de la expedición de la goleta Honor en la
cual venían para dirigir la última de nuestras guerras de independencia de
España, los bravos Mayores Generales, Antonio y José Maceo y Flor Crombet,
además de otros héroes. Un obelisco de mármol gris marca el histórico lugar.
En varios momentos nos desviamos de la carretera para
adentrarnos en los montes. Pero nuestro objetivo primordial ese día era
llegar al Parque Nacional Alejandro de Humbolt el cual se encuentra a unos
70 kilómetros, por la costa, al noroeste de Baracoa. Ese parque, el más
grande de su tipo en Cuba, abarca unos 700 kilómetros cuadrados de
superficie. En él se encuentran más de 3 000 plantas florecidas, de éstas
más de 700 endémicas de la región.
Ese día nos dimos gusto saboreando el paisaje natural
de montes, árboles, flores, ríos y mar. La composición étnica de los
pobladores de esa región es diferente a la de la mayoría de los otros
cubanos. Esa población tiene mucho en su sangre de los pobladores
originarios de Cuba, y se nota en su fisionomía, en su carácter y en su
trato social. Son más amables y tienen costumbres singulares. Al menos
tres de ellas pudimos observar en el corto tiempo que con ellos compartimos.
Una es que tienden su ropa sobre la hierba, rocas, piedras, muros, azoteas y
en las arenas en las márgenes de los ríos, nunca en tendederas. Otra es que
limpian sus coches, de motor o no, y bañan a sus animales en las
desembocaduras de sus limpios ríos. Y tan singular como esto es que no
esperan, y en muchos casos no aceptan, propinas por algún favor brindado.
Esa tarde nos bañamos en el gran río Toa, bello y
limpio, cuando alquilamos un bote para pasear por el río y llegar muy cerca
de su desembocadura.
Hay muchos turistas extranjeros que visitan a Baracoa.
En las noches mucha gente se reúne en el parque de la catedral a conversar,
observar y escuchar música. El ambiente es muy agradable.
La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, la
iglesia primada de Cuba, está muy necesitada de reparación, aunque no deja
de ser un templo impresionante. En él se guarda la famosa Cruz de Parra, que
según mantiene la leyenda y la historia baracoense, fue dejada en la zona
por el Almirante Cristóbal Colón en su primer viaje a finales de octubre de
1492. Ésta es la única de las 29 cruces de parra, que existe, dejadas por
el Almirante en sus viajes por las tierras que circundan el Mar Caribe. Ésta
fue hallada años después por la expedición de Diego Velásquez --la misma que
quemó vivo al Cacique Hatuey por defender a los suyos de los invasores-- a
principios del siglo XVI. Desde entonces permanece conservada y está
expuesta en una urna de cristal en la catedral.
En la mañana del jueves 3 de agosto, el sexto día del
viaje, nos preparamos para realizar algo para mi trascendental. Algunos
lectores pudieran pensar que exagero, pero para mi, habanero, poder llegar a
la Punta de Maisí es de importancia trascendental, sea esta importancia
exagerada o no. Ya yo había llegado al Cabo de San Antonio y ahora el viaje
a la Punta de Maisí culminaría poder llegar al otro extremo de la Isla.
Nos encaminos rumbo Este. La carretera atraviesa
lugares sumamente bellos, muchos más suaves en su forma, que los del día
anterior. Pasamos por varios poblados y pueblos, entre éstos, Jobo Dulce,
Jamal, Barrancadero y Mara, estos dos últimos en la orilla de la Bahía de
Mata. De ahí en adelante el mar acompaña a la carretera hasta el río Yumurí,
antes pasando por los poblados de Guandao, Manglito, Bariguá, donde hay una
linda playa, y entonces, Barriguita y Boca de Yumurí.
A propósito he estado nombrando los curiosos nombres de
los pueblos y poblados por los que pasamos ya que pocas veces oímos de ellos
aquellos que no somos de esas regiones.
El cruce del río Yumurí se hace en su desembocadura,
que es un pequeño pero alto cañón. Después de una muy empinada loma el
camino es entre montañas. Pasamos lentamente, dado el lamentable estado de
una buena parte del camino, los pueblos y poblados de la Sabana, La Mula,
Vertientes, Los Ranchos, La Ceiba, San Ramón, El Cupey y Los Arabos antes de
llegar al pueblo de La Máquina, entronque de este camino y la carretera que
viene bordeando la costa sur desde Imías.
De ahí a Maisí quedaba poco, como media hora. El camino
bordea las últimas montañas y pasa por los poblados de La Yagruma, y Las
Casimbas antes de descender a la planicie costera en la que se encuentra la
Punta de Maisí. Desde allá arriba en los montes se puede ver una magnífica
vista de esa planicie, la costa, la Punta de Maisí con su gran faro blanco y
el mar. Nunca se me olvidará la alegría que sentí al verla. Por fin,
después de tantos años de soñarlo, había llegado.
La planicie está compuesta en su superficie de fina
arena blanca y fina tierra colorada, que cubren y se pegan a todo,
especialmente al agitarlas el carro. Los últimos dos poblados de este
territorio son Limones y Punta de Maisí. En la Punta de Maisí, no en el
poblado, hay un alto y grande faro blanco y otros edificios aledaños.
Fuimos a la orilla del mar, a la punta de la punta, como dijimos, y entramos
en el mar. Nos retratamos, claro, con el mar de fondo y después con el faro
blanco de fondo, para mostrarles a los amigos que de verdad llegamos hasta
allí. Nos sentíamos profundamente felices.
Algo que quisiera añadir es que en todos los lugares
que fuimos, no sólo en poblados y caseríos, pero aún en entronques de
pequeños caminos, antes guardarrayas, hay escuelas, centros de salud y
centros sociales, bien equipados, en buen estado y pintaditos. El camino
puede ser un desastre en este territorio (me dijo un amigo que uno de los
últimos grandes ciclones que por ahí pasó, lo levantó de su lecho, lo que
bien pudiera ésto explicar su increíble condición), pero esas otras cosas,
que son esenciales para la vida, están ahí. Para los que allí viven lo del
estado del camino no es un gran problema. Por allá, como en cualquier otro
territorio de montañas, los vehículos que transitan, además de los caballos
y las mulas, son camiones, jeepis y tractores, no automóviles como en el que
nosotros viajábamos.
De regreso a Baracoa, esa noche nos despedimos de esa
encantadora ciudad, celebrando contentos lo mucho de lo bello que habíamos
conocido de nuestra preciosa Isla durante esos días.
Pero el viaje no terminó ahí, quedaban aún fascinantes
lugares por visitar. Al otro día salimos de regreso a Santiago para
entonces dirigirnos a tierras de Bayamo y Manzanillo. Y así hicimos,
emprendiendo viaje a Santiago a media mañana, regresando por el mismo
camino, aunque con lluvia, y llegando a Santiago esa tarde. Una vez en
Santiago aprovechamos la frescura del tiempo para caminar la ciudad de
noche.
Precisamente esa noche, viernes, 4 de agosto, recibí
una llamada de Abel Prieto, Ministro de Cultura, pidiéndome que participara
en una conferencia de prensa en La Habana, el lunes día 7, en la que se
haría pública la Declaración La soberanía de Cuba debe ser respetada
que se quería la presentaran mi querido amigo, Roberto Fernández Retamar,
presidente de la Casa de las Américas, François Houtart, renombrado
escritor y teólogo belga y yo. La Declaración, a ser firmada por
intelectuales, artistas, escritores y otras personalidades internacionales,
se creía necesaria debido a recientes amenazantes declaraciones con relación
a Cuba hechas, aprovechándose de la gravedad de Fidel, por el presidente
estadounidense y otros altos funcionarios de su gobierno.
Como se necesitaba que estuviera de regreso en La
Habana el domingo, día 6, entonces sólo teníamos un día para completar
nuestro excepcional recorrido. Y ese iba a ser un día alucinante.
Salimos tempranito esa mañana de Santiago rumbo a
Bayamo, distante unos 117 kilómetros, para entonces continuar rumbo a
Manzanillo, otros 70 kilómetros, y eventualmente el sitio histórico de La
Demajagua.
En el camino a Bayamo, que había sido el Camino Real en
tiempos de la colonia, pasamos lugares históricos de extraordinaria
importancia. Reviví momentos fundacionales de la Patria al pasar por Baire,
Jiguaní, Santa Rita y entonces llegar a la ciudad madre, primera capital de
la República, Bayamo.
Bayamo es una ciudad próspera y está siendo remozada
toda, especialmente su centro histórico -Monumento Nacional- que es obra de
sensibilidad, inteligencia, dedicación, y cariño. Es un placer ver las
viejas casonas y la Iglesia Parroquial Mayor reconstruidas. Reconstruidas
porque los dignos bayameses rehusaron entregarla intacta al ejército español
que se aprestaba a ocuparla. La quemaron antes de retirarse en masa a la
manigua el 12 de enero de 1879, y al entrar en ella los soldados españoles
encontraron la ciudad en cenizas. Hoy, la antigua Plaza de Armas, dedicada
al Padre de la Patria, en cuyo centro se levanta su estatua, es hermosa
nuevamente.
Hay que recordar que la villa de San Salvador de Bayamo,
fundada el 5 de noviembre de 1513, fue la segunda villa fundada por los
conquistadores españoles en la Isla. Tiene una historia de excepcional
bravura. Fue en Bayamo donde se escuchó por vez primera, el Himno de Bayamo,
nuestro Himno Nacional. Como fue en Bayamo donde se decidieron tantos
asuntos memorables durante los primeros meses de nuestra primera guerra por
la independencia de España.
Después de ver lo esencial de Bayamo, ya que el tiempo
apremiaba, continuamos el camino a Manzanillo. La carretera es buena, corre
en la gran llanura del Cauto y a lo lejos, a la izquierda yendo hacia
Manzanillo, se ven las grandes montañas que componen la Sierra Maestra, ese
día coronadas por un cielo lleno de grandes nubes grises.
¡Y que sorpresa nos tenía guardada el camino! Atentos
por donde íbamos, de pronto descubrí un monumento con la efigie del Mayor
General Antonio Maceo, rodeado de un blanco muro, a la orilla de la
carretera. Supe de primera corazonada lo que conmemoraba: la heroica
batalla de Peralejo, a medio camino, entre Manzanillo y Bayamo, librada el
13 de julio de 1895, meses antes del comienzo de la campaña de la Invasión.
Victoria de las armas cubanas donde casi fue muerto o capturado el Capitán
General español, Arsenio Martínez Campos, quien en ese campo sufrió su
primera derrota militar en Cuba. Sufriría otras tan severas en el
transcurso de ese memorable año.
En la legendaria Yara, cuyo nombre se le dio al Grito
de Independencia del 10 de Octubre de 1868, almorzamos al compás de las
gotas de un fuerte aguacero de un mediodía de verano. En Yara tuvo lugar, el
11 de octubre de 1868, el primer combate de los insurrectos cubanos, menos
de 50, al mando de Carlos Manuel de Céspedes. Los cubanos sufrieron su
primera derrota en aquella gloriosa gesta independentista de diez años.
Llegamos a Manzanillo, apurados porque queríamos llegar
a La Demajagua, aún distante unos 18 kilómetros, y amenazaba fuerte lluvia.
Acogedora es la Ciudad del Golfo, el golfo de Guacanayabo, que la domina.
Caminamos su bello Parque Céspedes. Fuimos a su moderno malecón donde se
encuentra una original estatua de Beny Moré, quien le dedicara una
popularísima canción a su bahía, junto a la cual, por supuesto, nos
retratamos.
Al fin La Demajagua. Impresionante este sitio
histórico de tantas emociones. Actualmente el sitio está despejado salvo la
nueva casa museo, los dos viejos jagüeyes, las dos grandes ruedas de las
máquinas del viejo ingenio y el nuevo monumento de piedras conmemorando el
proceso libertario de Cuba. Y en el lugar culminante del monumento la
campana que convocó a aquellas decenas de hombres y mujeres --todos libres
desde aquel momento--, que bajo el mando del insigne bayamés, quien se
convertiría por su visión, ejemplo y obra en el Padre de la Patria, se
lanzaron al heroísmo de librar la guerra de liberación que daría fundamento
a la nacionalidad cubana.
El verde domina el sitio de La Demajagua. El verde de
la esperanza por un mundo mejor. El verde, color de la redención. Cuanta
quietud en aquel lugar que una mañana, hace 138 años, lo que allí sucedió
sacudiría los cimientos del país. Sucesos que convertirían al país en la
Patria.
Mi mayor sorpresa fue ver el mar, al Golfo de
Guacanayabo, en la orilla de las tierras del antiguo ingenio. No sé porqué
hasta aquel momento, a pesar de todo lo leído, siempre imaginé a La
Demajagua estar tierra adentro. Nunca lo estuvo. Estaba precisamente en
las mejores tierras donde podía haber estado entonces un ingenio, a la
orilla del mar; para poder embarcar fácilmente sus productos al puerto más
cercano, que en este caso era Manzanillo.
De las edificaciones del antiguo ingenio no queda
ninguna. No sólo producto de los embates del tiempo sino, también, porque
pocos días después del alzamiento un cañonero español navegó expresamente
hasta allí desde Manzanillo para, en una muestra de rabia, bombardear el
lugar donde los cubanos osaron desafiar al despotismo.
Después de la visita a La Demajagua tomamos el camino
de regreso a Bayamo y desde ahí a La Habana.
¡Que ocho días de aquel viaje entre tantas maravillas!
Que alegrías las que sentimos recorriendo esos bellos e históricos caminos
de Cuba. Ojalá, un día, lectores, cualquiera de ustedes pueda tener la dicha
de hacer ese excepcional recorrido por las más orientales de nuestras
villas.//
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