Aquel Miami de los años sesentas

10 de julio de 2008

 

 

 

Miami.-  Hoy Miami es muy diferente a aquel Miami de principios de los años sesentas que conocimos aquellos de nosotros, y hablo de los cubanos, que a aquí llegamos entonces. Para empezar eran mucho menos las personas que en él vivíamos, no sumábamos más que alrededor de un millón en todo el condado Dade, entonces era Dade, a secas, no con la coletilla que después en el tiempo se logró que le agregaran.

 

No sólo es que éramos menos de la mitad de los que hoy en esta grande ciudad vivimos sino que también físicamente el área metropolitana era mucho más pequeña, y mucho más oscura de noche también.

 

Había muchas cosas que hoy ya no existen y que hacían de aquel Miami una ciudad muy diferente a la actual.  Para empezar habían moscas y mosquitos –muchos, muchísimos, permanentemente y por doquier. Entonces, las telas metálicas de las ventanas y puertas tenían un uso muy utilitario, sin ellas hubiera sido imposible aquí sobrevivir.  Imprescindible también eran aquellas puertas de telas metálicas, además de las otras, las de madera o hierro y cristal, las cuales tenían aquel mecanismo, con muelles, que permitían que al abrirse se cerraran ellas mismas, rápido, para que no permanecieran abiertas mucho tiempo e impidieran la entrada de aquellos tan molestosos bichos.

 

Entonces las casas tenían sus porches -los portales floridanos cuyas paredes eran principalmente telas metálicas, para tomar el fresco y para que el fresco corriera a través de la casa. Los aires acondicionados casi no existían y el calor y la humedad en las casas y apartamentos era insufrible. Las casas más afortunadas también tenían su florida room, al fondo, la mayoría con ventanas tipo Miami.

 

Tan era así el calor y la humedad que la mayoría de los hoteles en Miami Beach, la Playa, cerraban durante toda la temporada de verano, o más bien, sólo abrían durante la temporada de invierno. Además, muy pocos eran los carros que tenían aire acondicionado.  No había forma de escapársele al calor y a la humedad, siempre presentes.

 

Algo que tampoco faltaba entonces en ninguna casa o apartamento – y siempre había más de uno- eran los matamoscas, que también apachurraban a los mosquitos. En el sur de la Florida debería haber un fastuoso monumento al matamoscas que tan útil nos fue en el pasado a todos los humanos que aquí vivíamos.

 

En los canales de la ciudad comúnmente se encontraban cocodrilos ya que entonces los Everglades, las ciénegas, estaban ahí mismo, pasando el Palmetto, no tan lejos como están hoy, digo, lo que de ellos queda todavía.  También había peces en esos canales.  Y los americanos pescaban en ellos, especialmente pescaban peces gatos, que algunos consideran manjar exquisito.

 

En los jardines, especialmente si las casas estaban cerca de canales, se encontraban culebras, algunas venenosas, como la pequeña y mortal coral a la que todos temíamos encontrar. Vivía entonces aquel famoso y buen señor, del que no recuerdo su nombre, dueño del Serpentario, que era un antídoto viviente de casi todos los venenos de serpientes, quien era requerido de urgencia continuamente en los hospitales, los que tampoco eran tantos, cuando alguien era mordido por uno de aquellos temidos reptiles.

 

Los padres y las madres de americanos amigos míos, nacidos ellos en Miami en los años veintes, contaban de que en el Miami de ellos, el de aquellos años aún más atrás en el tiempo, los alacranes invadían todo.  Inclusive, los zapatos se guardaban en las gavetas, para tratar que los alacranes no se metieran dentro de ellos por las noches.  Así y todo, la costumbre era sacudir los zapatos siempre, boca abajo, antes de uno ponérselos, para evitar ser picado por uno de esos bichos.

 

Mucho queda por contar de aquel Miami de los años sesentas. Un Miami rural, provinciano, mucho más playero de lo que hoy es. Aquel Miami que para los cubanos que entonces aquí llegamos pensábamos iba a ser solamente un lugar de estadía temporal. //